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Los riesgos de las plantas en casa

4 agosto 2013

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Por Óscar Ortega García | @relatosurbanos

Todos saben que dormir con plantas en la misma habitación puede causar la muerte. Pero lo que la mayoría ignora es que son las mujeres quienes, cuando les hablan, les informan quiénes son sus víctimas. Las aconsejan y les indican estrategias seguras, confiables, certeras. Esta historia la veo a diario.

Una mañana cualquiera noté a una señora que, muy temprano, regaba las plantas de su antejardín. La doña le susurraba algo a las flores, que se abrieron, como si se pusieran en estado de alerta, cuando yo pasé cerca de ellas.

Ese mismo día, pero en la noche, mi esposa me pidió que sacara tres matas desde la sala hasta el balcón, donde ella las riega. Me negué. Ella sacó las plantas, las regó y, una vez terminó, entró una hortensia a la habitación.

—¿No es peligroso? —, le dije.
—No, para nada —respondió—. Además, no me digás que vos creés en eso de que una mata se roba tu oxígeno en las noches.

No pegué ojo. Me quedé en vela toda la noche, esperando el zarpazo o sentir cuando el oxígeno empezara a faltar.

No es asunto de superstición ni mito alguno. Las mujeres han entrenado las plantas desde tiempos milenarios. La exposición mediática más relevante la hizo Uma Thurman, cuando encarnó a Hiedra Venenosa, en Batman y Robin (1997).

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Las más mordaces son aquellas que florecen. Al parecer, su belleza colorida emana un polvillo que acrecienta la imposibilidad que suele existir para acusar a alguien por su apariencia. Entonces, el estereotipo causa su efecto sicológico y, cuando la víctima descubre el plan, la planta aviva su clorofila y los colores explotan en la cara de aquella. “No, es imposible”, repite en su cabeza y olvida su hallazgo.

Pero, como siempre, el mal puede ser combatido con otro mal. Así que desde hace poco más de un mes compré una planta para que me defendiera. Es un cactus: intimidante, valiente y armado.

Lo curioso es que, desde que mi esposa empezó a hablarle, el cactus decidió cambiar su carácter. Y ayer en la tarde, cuando regresamos de caminar, noté que había florecido.

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La lluvia ahogará el espíritu de Cali

16 febrero 2013

Por Óscar Ortega García | @relatosurbanos

El cielo gris es el presagio del olvido. En mi ciudad, Cali —400 kilómetros al sur occidente de la capital colombiana, Bogotá—, bastan unas pocas gotas de lluvia para que todo sea diferente: nada funciona, todo se atrasa y, lo más cruel, Cali se olvida de que es Cali.

En un día soleado, la ciudad acostumbra a vestirse ligera. Se pone faldas vaporosas, blusas de colores, mangas sisas, se calza con sandalias.

Pero cuando llueve, los caleños se abrigan como si estuvieran atravesando los montes Urales en pleno invierno ruso. Las mujeres cambian la alegría por ese gris apagado o el negro triste. Los hombres esconden sus manos en guantes y los paraguas escurren secretos que se van con el agua.

La identidad caleña se reserva para el sol. A la lluvia, la ciudad se le esconde. Enmascara sus sabores y se dedica a engañar a todos. Le da pena, seguro, de que la vean caminar en botas y no en tacones altos, dando brincos por los charcos, tal como lo hacía Rosario.

Los puestos de frutas se reemplazan por lapidarias ventas de capas y sombrillas. Los guambianos del centro exhiben con orgullo sus mercancías, despreciadas durante el resto del año por ser inútiles: nadie quiere un saco de lana, grueso y caluroso, en una tarde con el sol pegando a 35 grados centígrados.

Los vehículos, acostumbrados a llevar las ventanas abajo para que entre la brisa de las cuatro de la tarde, van camuflados en un vaho que se impregna a los vidrios e impide ver la tristeza. Cali, repito, no es Cali cuando llueve.

Nadie protesta. Cabizbajos, los caleños desfilan rumbo a sus trabajos, sin detenerse a saludar o a comer algún mango viche con sal. La carrera para que la lluvia no deshaga sus azucarados cuerpos los ciega para el resto del mundo. Cuando llueve, los que aman esta ciudad se sienten solitarios.

¿Y el amor? Se deja sólo para las habitaciones. Los parques se empantanan y la vanidad caleña incluye el zapato blanco, explicación apenas lógica para saber por qué nadie se sienta en las bancas cuando apenas si cae una menuda llovizna.

El plan romántico se limita a un tedioso e incómodo “arrunchis”, versión moderna y fastidiosa de lo que antes llamábamos “cucharita”. Ni lo uno ni lo otro se puede disfrutar sin que los brazos se encalambren. Además, el frío hace su parte y las sábanas no se hicieron para estos cuerpos acostumbrados a la humedad del Pacífico.

Pero hay algo bueno cuando llueve: la gente no miente. Las excusas se limitan a una sola y es el aguacero —así llamamos a cualquier fenómeno que incluya agua, sea un “pelo de gato” o un chubasco— encarna ese demonio que no requiere mayor explicación.

Los ojos del cerro de Las Tres Cruces, tutelar y vigilante, se cierran con las nubes y fingen no ver el desastre en que se convierte su ciudad. Y Cristo Rey, el otro cerro, baja los brazos, impotente ante la naturaleza.

Esta madrugada volvió a llover. Ya son dos semanas continuas. Si el “invierno” —así llamamos los caleños a cualquier llovizna— se ensaña, en pocos días el espíritu de Cali terminará asfixiado, debajo de algún chal o de una ruana.

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El adiestrador cuyo amo es un pitbull

17 enero 2013

Por Óscar Ortega García | @relatosurbanos

Salomón se cansó de caminar. Una tarde, después de cinco horas de búsqueda, tiró a la calle tres carpetas llenas de documentos que comprobaban su saber como ingeniero civil y se prometió “nunca más trabajar para alguien”.

Con el sueño de ser su propio jefe regresó a casa, escribió un clasificado en una hoja de papel y lo pegó en un tablero de un supermercado de cadena. Esperó tres semanas, hasta que por fin, del otro lado de la línea telefónica, le hicieron la pregunta que aguardaba: “¿Usted puede adiestrar a mi perro?”.

El adiestrador sonrió e hizo una contrapregunta, que le fue contestada con datos que para él fueron música a sus oídos: “Mi perro es un pitbull. Lo tenía un primo, él fue el que le enseñó a pelear y a colgarse, agarrado con sus dientes, de una llanta. Es agresivo, claro”.

Los perros bravos son la especialidad de Salomón. Los aprendió a “dominar”, según dijo, en el Ejército de EE. UU., durante la guerra contra Afganistán. Como los talibanes se escondían en cuevas, los perros iban hasta la presa y la “inmovilizaban” hasta que llegaban los soldados. Después, seguramente, intuyo, vendrían las torturas.

Al día siguiente de aquella llamada, Salomón recogió a Sasha y a Emilio, madre e hijo, dos pitbulls temerarios, ambos letales. Los amarró, les puso sus bozales y salió a caminar con ellos. Nadie se les acercaba. Las mujeres daban saltos y cambiaban de acera, los marihuaneros acababan con sus porros y salían despavoridos cuando veían el par de fieras arrastrando a un hombre.

El sueño de Salomón se estaba cumpliendo. Era su jefe, al menos así lo creía, y, además, era respetado.

Los perros aprendieron rápido la rutina. “Me quedo sentado, levanto la pata para saludar y camino siempre por el lado izquierdo de quien lleve mi correa”, reflexionaron los animales cuando recibían una recompensa de carnaza.

Si alguien se detiene a ver la rutina de entrenamiento, podría confundirse en determinar quién adiestra a quién. Salomón imparte órdenes, los perros obedecen y cumplen. Salomón reparte recompensas. Los perros imparten órdenes, Salomón atiende y les da galletas.

Después de seis meses de adiestramiento, ni perros ni humano llevan bozal. Intuyo que esta decisión sea para escuchar con claridad lo que los perros le dicen, porque Salomón siempre les habla. Tampoco hay jalonazos ni golpes en el pecho, última medida para aplacar a una fiera. Cada uno, hombre y animal, se cree amo del otro.

Saco mi cámara fotográfica y escucho cuando Emilio le pide a Salomón que lo acicale. Salomón obedece, lo peina, lo alista, le cuadra su pose. Click.

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Sasha mira a la cámara, mientras Salomón atiende a Emilio.
@relatosurbanos

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Inside the show

7 enero 2013

Por Óscar Ortega G. | @relatosurbanos

Mientras cortaba mi cabello, John me comentó que haría su primer show como drag queen. Su debut tendría como escenario el teatro Jorge Isaacs, en el centro de Cali, y, según sus cálculos, ese espectáculo sería visto por unas 500 personas. Estaba tranquilo, pero temía que algo iba a fallar.

Se equivocó. Al show entraron 1200 espectadores y sus vestidos de Reina de Corazones y Mordana causaron impacto y admiración. A su lado, como un fiel consejero, siempre estuvo Juan Carlos (Papel), quien ofreció ideas, pulió detalles y sirvió veintitrés tragos de ron.

Les pedí permiso y ellos, amablemente, aceptaron que entrara al camerino. Este es el resultado de aquellas nueve horas “Inside the show” (clic en la imagen).

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La viejita de los gatos malvive en un rancho en Cali, Colombia, no en Springfield, EE. UU.

10 julio 2012

Por Óscar Ortega García – @relatosurbanos

Doña Ismenia Lourido huele a podrido. Su piel se desvanece y sus huesos parecen de hule. Tiene 86 años y ningún diente sano. Hasta el pasado lunes, la señora estuvo a punto de morir de hambre, si no fuera por la caridad de dos transeúntes que dejaron dos cajas de icopor, con restos de comida, que ella compartió con sus siete gatos.

Llevaba cinco días sin probar bocado. Cuando se le acabó la comida, que recogió del suelo tras el descargue de un camión que trajo verduras y frutas para el supermercado, cuyas bodegas están justo al frente de su casa, decidió sentarse en la puerta para despertar lástima.

El primer día de ayuno lo pasó en blanco. Nadie se compadeció y a ella se le acabaron las fuerzas para seguir suplicando una ayudita, por el amor de Dios. El segundo día, cuando cualquiera pasó por el frente del rancho a punto de caer, creyó que sería una muy buena idea regalarle un gato a doña Ismenia. Es posible, que la soledad sea más cruel que el hambre, pensó. Entonces, se apareció con un par de felinos. La señora miró a aquella alma caritativa y le dio las gracias con un gesto de indiferencia.

Al ver esto, tres vecinos también se apiadaron de la octogenaria y le entregaron, cada uno, un gato famélico. La última fue una niña que, con algo de sinceridad, le llevó en una cajita de cartón dos gatitos diminutos, chillantes y algazarosos. “Para que los cuide, porque yo voy al colegio”, le dijo la pequeña.

El lunes, después de cinco de días de hambre, un par de caminantes vio a la anciana indefensa, que permitía el ataque juguetón de los siete mininos, que hincaban sus colmillos por todas las partes del cuerpo. Los caritativos espantaron a los animales y le entregaron el par de cajas con sobrados de comida.

Doña Ismenia miró a sus donantes, les sonrió y señaló el suelo, junto a sus quebrados pies. La mujer obedeció y le dejó las cajas ahí, donde aquella quería. Además, le preguntó si aquellos gatos le pertenecían o, si acaso, habían llegado por cuenta propia. La viejita le contó que fueron sus vecinos quienes le habían llevado los animalitos.

La señora fue al supermercado, compró un tarro de pintura y una brocha. Se paró frente a la fachada del rancho de doña Ismenia y escribió, con dolor y repudio: “No tiren gatos. Traigan alimentos a la viejita. No sean H.P.”.

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Hacer el amor con juguetes (compra navideña II)

4 enero 2012

Por Óscar Ortega García

Salieron de la tienda envueltos en las mismas túnicas invisibles. La bolsa negra que él llevaba en su mano izquierda disimulaba los artículos adquiridos, pero la culpa la llevaban en sus rostros con vergüenza. Cuando ya casi alcanzaban la esquina, un grito doloroso los detuvo, Oigan, ustedes dos, dejaron el celular en el mostrador. Medio mundo volteó para reconocer a los depravados. Mientras ella se escurrió en el pavimento, él regresó, recuperó el aparato y agradeció al dependiente su generosidad.

Al llegar a su casa, la pareja empezó a descubrir qué era lo que había comprado. Despacio, aún con temor por lo desconocido, fueron apareciendo antes sus ojos lo que aquella bolsa negra ocultaba. Chiquito, aplícate el retardante y te tomas la pasta, le recomendó ella. El tipo se fue al baño, abrió el paquete y leyó las “instrucciones”. Era fácil, pero una palabra rara lo intimidó: lidocaína. Ante la duda, se abstuvo. Miró la pastilla y también desconfió. Salió del baño y se acomodó en la cama. Ya, dijo. Esperemos, entonces, repuso ella.

Mientras, destaparon el vibrador y las bolas chinas. Hubo curiosidad y, como niños, empezaron a palpar y oler los adminículos. Cuál primero, preguntó ella, No sé, nena, tú decides. Así que armaron al nuevo amigo eléctrico y probaron suerte. Los botones de velocidad fueron aprendidos en la marcha. Algunos ayayais, unos cuantos gemidos y, eso sí, un repertorio de buenas sensaciones, terminaron por darle la aprobación vibratoria. Sin embargo, el estimulador clitoriano por poco y no pasa la prueba. Eso es muy fuerte, se quejó ella. Él, un tanto malicioso, aumentó el vigor y se disculpó con un cliché, Qué pena, no sabía apagarlo.

Aún no llegaba el clímax. Es sabido que aquello de la “primera vez” es torpe, dolorosa y poco placentera. Así que él tomó la iniciativa y empezó a besarla. Recorrió su espalda, masculló algunos piropos y ella se dejó llevar. Caminó con su lengua por los muslos y llegó despacio a la entrepierna. Vaciló en empezar, miró a su izquierda e invitó las bolitas chinas.

Después, sobraron los juguetes e hicieron el amor en carne viva. Sentiste algo diferente, mi amor, indagó ella. Diferente, contrapreguntó él, Sí, claro, por el retardante y la pastilla, No, nada, normal. La abrazó para terminar la charla. Usaste esas vainas, verdad, volvió a encender la conversación ella, No fui capaz, respondió él… Entonces, ella se alejó unos milímetros y canceló la noche, Si ves, eres muy conservador, hasta para el sexo. Él, en un acto desesperado buscó los labios de ella y todo volvió a empezar.

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Una compra navideña

29 diciembre 2011

Sigilosos, con los rostros envueltos en dos túnicas invisibles, entraron a la tienda queriendo comprar el mundo, pero sin ninguna opción lista. El vendedor, experto en volver añicos prejuicios, los increpó para que entraran en calor y les despachó una certera ráfaga, Por sus caras veo que están buscando un vibrador. Ella se electrocutó y él se encogió queriendo volverse minúsculo, Tranquilos, acérquesen, que les voy a enseñar el material que tenemos.

El primer adminículo fue un aparato generoso, de dieciséis funciones, cuatro cambios de velocidad y doble tracción. Ella cerró los ojos. Él tragó entero. Después vino un electrodoméstico de menor cuantía y menores resabios. No tuvo éxito por el color. Y llegó el elegido: un simulador de tamaño común y corriente, del grueso de la población, pero con unos pequeños balines que, al vaivén del caracterísitco ruido, se volvían caricias impensables y despertaba sensaciones gaseosas, pero gustosas, muy gustosas. Ya les cuento. Se miraron, se rieron con picardía y acertaron: Este, cierto, preguntó ella y él, ni protestó.

El vendedor, confiado de su exitosa presentación, procedió a ampliar su ganancia. De la vitrina tomó un frasco pequeño, transparente y dio instrucciones, Untás un poquito en el glande, otro poquito en los labios interiores y preparate para pasar al cielo, eso sí, si ella es de las que pide cuerda, como se le nota, con todo el respeto, no podés quedar a mitad de camino: mirá. Entonces, sacó una pastilla envuelta en un capuchón negro con inscripciones chinas. Esta belleza te la tomás veinte minutos antes y el pene se agrandará un cuarenta porciento, es mágico, pero verídico. Este último producto no convenció, así que el dependiente expuso otro líquido, Dos aplicaciones, en cabeza y cuerpo, y tenés garantizada hora y media de sexo duro, templado y rico –esta palabra la alargó cuatro o cinco íes–, y usted, preciosa, va a ñarear como una gata desesperada, no se preocupe. Ambos, rieron. Funciona, funciona, llevalo y te encimo la pasta, ahí está. Los convenció.

Aquí venden bolitas chinas, indagó ella. Él abrió los ojos más de la cuenta y suspiró. Aquí están, dijo el vendedor, explicando con claridad el funcionamiento de aquel collar, Muy fácil, las bolas más grandecitas se introducen con suavidad por delante y se sacan con ternura, y si el hambre es mucha, pues empata con las sobrantes… sí, mi amor, por detrás, doble punta, como los colores prismacolor. Ambos, rieron.

Empacaron sus nuevo juguetes y salieron de la tienda como si nada hubiese ocurrido… si quieren saber el final de esta historia, espero sus comentarios, con posibles argumentos. Será divertido.