
Siga nomás…
15 diciembre 2011Cabizbajo, esquivando charcos y lugares comunes, de repente se apareció en mi camino aquel payaso de maquillaje deslucido. Siga nomás, el mejor pollo frito de la capital, siga nomás, con la sazón de la abuela, siga nomás, repitió tres veces en un espacio no mayor a tres metros.
Conmovido, que no conmocionado, acepté la invitación del hombre. Mientras la porción pedida a una mesera que sería el antónimo del payaso, ya saben, mirada a cualquier lado, cabello desordenado y chicle a punto de saltar en la cara del cliente, pensé por qué esa costumbre tan colombiana de promocionar comida con una mojiganga.
¿Qué relación tiene un sancocho, o unos fríjoles, con uno de estos chocarreros? ¿A qué genio se le ocurrió publicitar sus viandas con un truhan? Bueno, el payaso de esta historia es un hombre sensible. Se llama César y tiene tres hijos. Ninguno en broma, según me dijo (yo no entendí el chiste, si es que fue un chascarrillo).
Se levanta temprano y despecha a sus hijos para el colegio. Su mujer lo abandonó y lo dejó al cuidado de los pequeños. Eso sí fue un buen chiste, pero él lo dijo muy serio.
Su voz la cuida con un menjurje de miel, naranja, gotas de limón y cebolla. Habla, dice, más de nueve horas, a voz en cuello. Siga nomás, bienvenidos, esta es su casa, siga nomás, el mejor pollo… repite insistentemente.
Su tarifa es la misma si entran veinte o mil clientes al restaurante. Eso sí, si no entran, no hay paga. Ocho mil pesos el día. Y no descansa, porque apenas termina su turno en el comedero, camina dos cuadras y allí anuncia vestidos y calzado en promoción, Siga nomás, la prenda que usté buscaba, siga nomás…
Vida monótona la de este payaso, que se gana la vida con su lamento de cara. si pudieran ver sus manos, están cuartedas. Aguanta frío, dice. Y no ha terminado un día, ni uno solo, en que no regrese a su casa con hambre.

Hace rato no tenia el gusto de leerte. Me gusta que retomes la escritura con algo tan especial.
Gracias, por tus ojos y por tu felicitación.