Por Óscar Ortega García
Salieron de la tienda envueltos en las mismas túnicas invisibles. La bolsa negra que él llevaba en su mano izquierda disimulaba los artículos adquiridos, pero la culpa la llevaban en sus rostros con vergüenza. Cuando ya casi alcanzaban la esquina, un grito doloroso los detuvo, Oigan, ustedes dos, dejaron el celular en el mostrador. Medio mundo volteó para reconocer a los depravados. Mientras ella se escurrió en el pavimento, él regresó, recuperó el aparato y agradeció al dependiente su generosidad.
Al llegar a su casa, la pareja empezó a descubrir qué era lo que había comprado. Despacio, aún con temor por lo desconocido, fueron apareciendo antes sus ojos lo que aquella bolsa negra ocultaba. Chiquito, aplícate el retardante y te tomas la pasta, le recomendó ella. El tipo se fue al baño, abrió el paquete y leyó las “instrucciones”. Era fácil, pero una palabra rara lo intimidó: lidocaína. Ante la duda, se abstuvo. Miró la pastilla y también desconfió. Salió del baño y se acomodó en la cama. Ya, dijo. Esperemos, entonces, repuso ella.
Mientras, destaparon el vibrador y las bolas chinas. Hubo curiosidad y, como niños, empezaron a palpar y oler los adminículos. Cuál primero, preguntó ella, No sé, nena, tú decides. Así que armaron al nuevo amigo eléctrico y probaron suerte. Los botones de velocidad fueron aprendidos en la marcha. Algunos ayayais, unos cuantos gemidos y, eso sí, un repertorio de buenas sensaciones, terminaron por darle la aprobación vibratoria. Sin embargo, el estimulador clitoriano por poco y no pasa la prueba. Eso es muy fuerte, se quejó ella. Él, un tanto malicioso, aumentó el vigor y se disculpó con un cliché, Qué pena, no sabía apagarlo.
Aún no llegaba el clímax. Es sabido que aquello de la “primera vez” es torpe, dolorosa y poco placentera. Así que él tomó la iniciativa y empezó a besarla. Recorrió su espalda, masculló algunos piropos y ella se dejó llevar. Caminó con su lengua por los muslos y llegó despacio a la entrepierna. Vaciló en empezar, miró a su izquierda e invitó las bolitas chinas.
Después, sobraron los juguetes e hicieron el amor en carne viva. Sentiste algo diferente, mi amor, indagó ella. Diferente, contrapreguntó él, Sí, claro, por el retardante y la pastilla, No, nada, normal. La abrazó para terminar la charla. Usaste esas vainas, verdad, volvió a encender la conversación ella, No fui capaz, respondió él… Entonces, ella se alejó unos milímetros y canceló la noche, Si ves, eres muy conservador, hasta para el sexo. Él, en un acto desesperado buscó los labios de ella y todo volvió a empezar.






